Viajé solo a Berlín. Llegué en un tren nocturno desde Cracovia. Diez horas de viaje insomne en una cabina diminuta. De la ciudad recuerdo una estación del metro, una parada ordinaria en el lado oriental, la Schönhauser Allé, con mosaicos de grana encalados en los muros y un puesto de Kebabs atendido por un griego narcoléptico. También estaba la sueca, una rubia de manos largas que leía a Ibsen mientras esperaba los vagones. Yo pensaba en Hamburgo, en un estibador que dormía sus resacas entre los cajones del muelle. También los Nibelungos, la reinvención de un caballero de oro que perdió su espada en los confines australes. La zona roja, las putas con las piernas congeladas y el sexo engañado de fingir tantos espasmos. Era de noche en la Schönhauser Allé. Un neón de Panasonic brillaba al fondo, la sueca seguía con Ibsen y el griego adormilado por el calor del horno. Yo esperaba, pensando en el puerto esperaba un trasatlántico en la estación del metro. Había también un pordiosero, un vagabundo bebiendo de un cartón de leche. Él esperaba otra cosa, algo más grande que mi trasatlántico. Por momentos el lugar se llenaba de gente. Aparecía un guarda con el quepí clavado sobre las cejas. La sombra extraviada de un turista y el fantasma de un capitán soviético. Estaba solo en Berlín. La noche saturada de nubes, una sueca leyendo a Ibsen, un griego taciturno y un vagabundo milenario con gotas de leche colgando en los bigotes.
martes, noviembre 27, 2007
domingo, octubre 28, 2007
lunes, agosto 20, 2007
El fragor sedentario
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lunes, diciembre 25, 2006
DIESEL - LENTEJUELA

Tomaron un taxi verde que les llevó a la Terminal Oriente, más una suerte de búnker futurista y japonés en el Marte de 1967. Se fueron casi en silencio, se hacía tarde y ya no les quedaba mucho por decirse pues según ellos ya lo sabían. Ya estaba dando la hora y la ciudad se recalentaba desde hacía mucho en un tráfico atascado y ruidoso bajo la contingencia de invierno que había incubado el atardecer de un sol tóxico. Aquella mañana había empezado por ir a la Villa, él quería enseñarle los peregrinos antes de que ella partiera, había tiempo. Tú también eres una peregrina ¿no? ¿qué vas a ir a buscar?, y las preguntas desagradaron lo mismo que el sol tóxico que sudaba en seco por diciembre y se recalentaba en multitudes atascadas en las escaleras y gotas que recorrían la división de miles de espaldas morenas. Yo no puedo estar por mucho bajo el rayo del sol, y se pasaba la mano por el cabello mojado y rubio, no, yo tampoco, pinche sol tóxico, respondía él con coraje porque la fatiga apareciera tan pronto. En el mirador del cementerio aguardaban los ángeles, miraban a la ciudad con su estatura caliza y el sol tóxico no les hacía nada, dormían, esperaban La Señal en la tarde, el dedo profético que descendiera y aplastara el horizonte decrépito de los edificios. ¿Viste Las Alas del Deseo?, era en Berlín pero imagínetela aquí, ángeles en D.F., escuchando los pensamientos de todos. Pero el cenit era siniestro y se desplazaba como un signo poderoso sobre el ábaco del esmog. Comieron en un puesto antes de subir al metro y los timaron cobrándoles de más y en el trayecto a Tlatelolco se enfurecieron y lo platicaron todo el tiempo, pinche gente aprovechada, culera, fucked up, people is fucked up, y descendieron entre multifamiliares deslavados y una peluquería móvil en un patio de escuela que dejaba volar todos los pelos con el viento gris. Les llegó el ocaso en la Plaza de las Tres Culturas. No estaba planeado pero estaban ahí para ello y lo sabían, o al menos él pensaba que lo sabían, porque los atardeceres eran parte de su parafernalia íntima y pomposa, impúdicamente cursi y con la dictadura suficiente para recontar este mito y decir que ambos estaban ahí sólo para ese momento como dos piezas de ajedrez; pero ninguno dijo nada porque ya no les quedaba mucho por decirse pues según ellos ya lo sabían. Pasaron a ver el crucifijo negro y suspendido que parecía flotar en el altar vacío en Santiago de Tlatelolco y al salir se ponía el sol tóxico sobre las ruinas aztecas. Fue sangriento y efectista, como tenía que haber sido, hepático, escurriendo sus luces por los edificios de departamentos que el terremoto del 85 había dejado inhabitables; pero en los que la gente vivía a precio de renta congelada. Aquí fue donde se desarrolló la masacre del 68, apagaron las luces, cortaron las comunicaciones y ta-ta-ta-ta-tá, llovía a cántaros y los estudiantes niños se fueron a esconder a la antigua pirámide en la que antes se ofrendaban sacrificios humanos al sol, otros tocaron en la puerta de la iglesia para pedir asilo y nadie les abrió, los militares los cercaron y los acabaron a bayonetazos, hijos de la chingada, ¿no?, fucked up, people is fucked up. Y el sacrificio solar se consumó detrás de la plaza, breve a pesar de su ritual y ella dijo con apuro, ya es hora, ¿vas a irte en metro?, no, en metro no, y tomaron un taxi verde que les llevó a la Terminal Oriente, más una suerte de búnker futurista y japonés en el Marte de 1967. Se fueron casi en silencio, se hacía tarde y ya no les quedaba mucho por decirse pues según ellos ya lo sabían.
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domingo, diciembre 17, 2006
EPIFÁNICA JUSTIFICACIÓN
Mire usted profesor, le voy a explicar porqué llego tarde a su clase: en primer lugar hay que partir de la idea de que yo soy un genio como usted nunca tendrá la gracia de poder decir que tuvo uno en su clase y, ahora encima, que me tuvo a MÍ. Cuando las multitudes de historiadores y reporteros vengan hasta usted, seguramente callará las malas notas por las que me hizo pasar y en su sitio quizás divague por graciosas y fructíferas charlas en la cafetería que, claro está, jamás tuvieron lugar; usted no se opaque a destiempo que ya se lo perdonaré con la salomónica comprensión que ahora usted no tiene conmigo. Segundo, puesto que soy un genio me he visto en la obligación de atender al ensalzamiento de mi espíritu, un espíritu demasiado vulnerable, quisiera remarcar, como suele pasar entre los de mi especie. Por ello me desvelo escuchando todos esos discos de bandas de rock de las cuales usted no ha de tener ni la menor idea, lo cual es comprensible dada su condición moderna y académica, y me paso la noche entre aquellos cómics se zombis, ironía posmoderna que usted ha de pensar, como es propio en el canon de la cultura general (el cual no será compartido por sus hijos pues me esforzaré en cambiarlo), una grosería y, claro, esas complejísimas charlas con mis camaradas en donde se destraban metafísicos paradigmas con la utilización de sustancias ante las cuales usted, seguramente, se ha de mostrar con prejuicios. Por estos dos motivos es menester pedirle, en nombre del futuro del conocimiento y del panteón de los inalcanzables espíritus que forjaron nuestra édad, que no se alebreste ante mi impuntualidad ni se sorprenda de que caiga sobre el mesa-banco fatigado de mi acelerada actividad neuronal pues significa que comienzo una onírica charla con Aristóteles, Beethoven, Faulkner o Newton quienes, imagínese que honor para usted, han escogido su clase para llamarme a concilio.
Foto: Erwin Olaf.
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domingo, septiembre 03, 2006
1982
Los lunes no es bueno mentir. Alguna partícula se expande por el meticuloso deseo de abrir los ojos y tener aquella epifanía. Por la terrible necesidad de soltar inmensas gotas de agua sobre las caras monótonas. Los lunes no están, como abrir la fotografía y ver todo aquello que has olvidado en vano. Pecar sin ser arriesgado, o simplemente romper con las ideas que tanto tiempo llevan sulfurando el cerebro. Algún lunes que expandes el oído y entran algunas notas desconocidas, nbsjla, la vida en do menor, o en re afónico. El pudor creciente, la saliva exhausta. El clásico dolor en el vientre, ése dolor que alimenta el ego y lo mueve a mil revoluciones por segundo. La naturaleza tan cansada, en un coma profundo. Sobre todo los lunes el sabor del infierno no es nada malo, es el dulce que infla los glóbulos cada vez que lo pruebas. La probabilidad de ser único y metafísico en un universo lleno de números. O volverte el número y ser dueño de un universo, comerte el cosmos en grandes mordidas, fumarlo tal vez. Y recuerdas el momento exacto, nadie preguntó si querías estar aquí, 1982. Y la mentira duele muy adentro, en algo que no mira. Las calles pasan, el sol se mueve en espirales sónoros. Más médulas, más información, más caos y la canción casi termina pero es tan hermosa. Miras las horas y los segundos que te hacen olvidar cuando ya no estabas. Cinco segundos...La aurora calienta las banquetas y la canción ha terminado. Los lunes las canciones nunca terminan. Los años viejos han muerto y lo mejor es repetir la canción, una y otra vez durante el resto del día y al final mirar el cuento, dejar lo imperceptible e intentar olvidar, aunque el olvido ya no exista.
Thanks to Arcade Fire
(Foto: Ansel Adams)
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martes, julio 11, 2006
BEIRUT INN.

A goyitrina.
Amilcar Gómez odiaba a Lima tanto o más que a los surfistas pijos del barrio de Miraflores. Detestaba vivir en el centro y no ver otra cosa que edificios podridos y chinos que vendían imágenes del papa. Le purgaba aún más que los miraflorinos se asomaran desde el malecón sobre la venerable barrera del despeñadero y pudieran transgredir los holanes solemnes de un mar, aunque fuera, podrido. “No hay ciudad más fea que Lima”, se decía a si mismo Amilcar cada que abordaba el bus rumbo a San Isidro, “no puede haberla, concluyó manoseando el sol cincuenta mientras el transporte se disparaba salvaje, dejando escapar el alma de su bocina que acometía en contra de los peatones, bajo el cielo sin luz de la avenida Tacna y su humareda de diesel quemado en la mañana gris metiéndose por las ventanas y las fosas nasales del mundo. Amilcar recargó la cabeza en contra del cristal y leyó el paisaje diario de las tiendas de chicharrón y los mercados de pulgas y los espantosos maniquíes que parecían vivos y agonizantes. Amilcar Gómez odiaba a Lima por su monumentalidad marrón, su humedad asfixiante, el cielo turbio de los meses de invierno y la dependencia fija que todo el país tenía hacia aquella central de glorias polvorientas y de momias de conquistadores que, desde sus catacumbas dominicas, continuaban atando el suspiro de las riquezas usurpadas a su ombligo oficial de historias inventadas y banderas multicolores ondeando en el Palacio Nacional. “No hay ciudad más fea que Lima”, se decía a si mismo Amilcar cada que abordaba el bus rumbo a San Isidro, “no puede haberla”.
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