Fue en Querétaro, hace ya muchos años, en un Querétaro más pequeño y más triste que el de ahora y que ya no existe. Ambos formamos parte de la misma generación en la Escuela de Escritores, que tampoco existe más, cuando entonces la dirigía Héctor Cabrera, un hippie quien nos instruyó todo lo que debíamos de ser instruidos al respecto de Bukowski, Kerouac y William Burroughs. Entonces Warpola se sentaba enfrente de mí –yo sospechaba que era para provocarme –y se quedaba ahí aparentando no tener ganas de aprender, desparramándose por el mesabanco con sus lentes de pasta negra y acariciando sus bigotes de lemur, sin pronunciar palabra, con unos ojos amarillos como lunas y el cerebro infestado de diálogos con los planetas. “Este tipo es un excéntrico”, pensé, “ha de creer que conoce El Misterio y sólo ha venido para escupírnoslo a la cara”, y esperé casi un mes a que dijera algo, a que levantara la mano y nos proporcionara su opinión en torno a tal o cual asunto de narratología y entonces sorprenderlo en medio de su patraña; pero nada de eso ocurrió: Warpola no pronunció palabra ni se dejó descubrir y yo me irrité bastante.
Las cosas, sin embargo, eran menos catastróficas: en realidad el muchacho era sólo un hermescitadino extraviado que no sabía quien era su madre, que había recorrido Europa tres veces y que tenía ya dos carreras que no ejercía pues argumentaba que no eran compatibles con las ambiciones de su espíritu. Me enteré de esto en la fiesta de bienvenida de la escuela, al acercarme a platicar con él para estudiarlo de cerca. Entonces me presenté: “Yo soy Kgargaria”. Él me preguntó sorprendido: “¿Kgargaria?”.
“Sí, Kgargaria”, contesté.
“¡¿Kgargaria?!”
“Kgargaria”
“¡Kgargaria!”
“Kgargaria”
“Cielo santo, en mi país hay un lugar que se llama Kgargaria… no serás de Ciudad Hermes…”.
Y fue de este modo como me enteré de que Warpola era en realidad un compatriota y me hallaba en la obligación de apoyarle a sangre y fuego, como había hecho ya con otros hermescitadinos perseguidos por la Policía Imperial, la peste o la contaminación; pero sobre todo por un compromiso muy hondo que mis padres, a quienes se les iba la vida en dar asilo a los expatriados hermescitadinos, habían cavado en mi desde la infancia.
Aquella noche Warpola me habló de otras cosas: de países desaparecidos, de libros que no había leído, de grupos que no había escuchado y de posiciones sexuales cuya existencia ni siquiera imaginaba; pero fue especialmente conmovedor cuando, ya bastante sensibilizado por el alcohol, se echó sobre mi hombro para lamentarse sobre la Ciudad Hermes de la que venía y que no recordaba, y a la que no había podido ingresar cuando estuvo en África pues nunca pudo probar su linaje y jamás tuvo la paciencia de pedir un visado de turista en las duras embajadas santovictorianas. Después nos hicimos a la noche de Querétaro en una parranda histórica de la que acabé dando loables muestras de la antigua tradición kgargariana de coleccionar recuerdos de la calle por la que andaba, y subí al portaequipajes un tabique de cantera de aquellos que sustentaban al emblemático Acueducto colonial.
Warpola en los tiempos locos de la Casa Neónida. 1987Lo presenté con otros hermescitadinos radicados en la ciudad: Saul Galo, quien por entonces andaba en México, el afeminado vaquero Gherato dae Andeonimnvba, el poeta de linaje real destronado por el levantamiento del 78 Balthazar van Aplonien, el místico cuentista Osvaldus Klamm, el escritor Carlos Limón quien después se volvió psicomago, el diseñador gay Adrianus Divolaria, y Mikisi Dündí, una chaparrita de Tekomoros con quien tuvo un romance que eventualmente acabó en un crimen pasional nunca esclarecido y muy popular en los encabezados de la época. Pero fue gracias a Giusseppe Rexh dae Komandrovia, hijo del empresario hermescitadino del mismo nombre, que Warpola se puso en contacto con sus raíces olvidadas.
El heredero komandroviano, muy celoso de su fe patria, organizaba tremendos bacanales al estilo del Angelado precedidos por bautizos de rueda a los que casi todos los asistentes, incluyéndome a mí, accedíamos más por pura diversión que porque verdaderamente creyéramos en la transmutación del Arcángel San Miguel en la figura de Snkt Öj. Pero Warpola nunca se puso a disposición de tales rituales, escéptico como era participaba de la ceremonia como cualquier otro: levantando la silla del iniciado, llevando los óleos, palmeando alrededor o simplemente contemplando desde lejos, con sus lentes de pasta negra y acariciando sus bigotes de lemur, sin pronunciar palabra, con unos ojos amarillos como lunas y el cerebro infestado de diálogos con los planetas.
Como en todas las grandes leyendas, sin embargo, desde aquellos momentos de bienaventuranza y reencuentro, se cocinaba ya el germen de la desgracia warpoliana: en la mansión del Rexh hijo residía un monje kaschkariano, un Magíster de Clerecía que llevaba los oficios de la casa y bendecía la mesa. Al momento de nuestras fiestas interminables Warpola conversaba con el sacerdote y se pasaba las horas largas y afiladas de nuestros debrayes disertando acerca de asuntos que ningunos de nosotros entendíamos, y a los que jamás conseguimos acercarnos mínimamente. Se trataba de la hipercosmia y otras brechas del Cuarto Camino, que por entonces hacía demasiada mella entre los eruditos de Kaschckar y a más de uno terminó engullendo entre las tesis fosforescentes de sus postulados galácticos. Recuerdo que Warpola bromeaba mucho acerca de la locura que acabaría por consumir al Rexh en los pasillos de la Universidad de Kiev, sin intuir si quiera que sería él mismo quien acabaría con el cabello infestado de piojos astrales que le habrían de hacer desgañitarse en soliloquio por el resto de sus días.
Fue por aquellas fechas que descubrí que se apellidaba Warpola. Lo supe por coincidencia, cuando hojeé sobre el escritorio de mi padre unos documentos dejados ahí al descuido que pertenecían a exiliados hermescitadinos en México de cuyo paradero no se sabía nada. La fecha del acta de nacimiento concordaba con la de mi amigo, y lo que era más: la huella de su piecesito dejado ahí con la tinta de 1968 correspondió más tarde a su monograma dactilar. Horatius Warpola era de Kaschckar, sus padres, activistas de la guerrilla urbana, le habían enviado a éste país al cuidado de una buena familia italiana y habían hecho lo posible por esconder su identidad de los incansables olfateos de la Policía Imperial. A pesar de que sus progenitores perecieron en las barricadas de mayo del 70, según nos enteramos en posteriores investigaciones, Warpola recibió la confirmación de sus orígenes con gusto y lloró de alegría. Pero eran tiempos aciagos pues para entonces el kaschkariano se hallaba envuelto en aquél crimen pasional que le hizo huir al exilio en Madrid.
Los hermescitadinos en México, por nuestra cuenta, nos encontrábamos listos para volver a casa y unificar nuestras fuerzas para lograr un proyecto conjunto del que generamos unas expectativas enromes: La Casa Neónida. Diré algunas cosas que no se han dicho; pero me saltaré toda la relación al respecto de éste tema pues mucho se ha escrito ya, no sólo en este blog sino en una inabarcable bibliografía de crítica en torno a la gran aventura neónida; pero sobre todo a su naufragio.
El nombre de neónida le vino de Warpola cuando vio Ciudad Hermes por primera vez. Entonces quedó tan fascinado con la cantidad de neón en las azoteas que no recuerdo que en algún momento nos haya volteado a ver verdaderamente a nosotros. Había llegado en el ferry desde Lisboa y fuimos a recogerlo a Tekomoros, traía ronroneándole en el hombro a un lémur cata puro de Kapos Virginiana que había comprado a un inmigrante senegalés cuando el barco hizo su primera escala en Atlántica. El animalito era Elio Tomasso, que disfrutó tanto como su amo del espectáculo del neón y se quedó con las pupilas dilatadas hasta varios días después. Fue en aquella semana que recibimos la visita de William Burroughs para que nos asesorara sobre la empresa que traíamos entre manos, y al mirar al lémur electrizado, saltando por los candiles de la casa, se quedó intrigado y preguntó a su dueño qué era lo que le pasaba, Warpola dijo entonces: “Nada maestro, es un neónida, le ha mordido en los ojos el aguijonazo del neón”. Burroughs se quedó un rato pensativo apoyado sobre la empuñadura de su bastón, después continuó bebiéndose su té y habló poco el resto de la mañana. Años más tarde no tuvimos las palabras suficientes para reconocer la gracia que nos hizo al mencionar a los neónidas en su famosa conferencia de la Universidad de Austin.
Warpola (derecha) con su rector espiritual en Kaschckar. 2001Ya desde Madrid nuestro amigo andaba mascullando las peligrosas teorías de la hipercosmia: las manos manchadas de la sangre de su crimen pasional lo sumieron en cavilaciones profundísimas, la confirmación de su identidad y la certeza de que había nacido a unas cuantas cuadras del monasterio de Kaschckar lo hicieron atar unos cabos que nunca existieron. Cuando llegó a Hermes hablaba de planetas alineados, de números mágicos, de libros perdidos; y cuando visitó Kaschckar habló muy en serio de quedarse entre las bóvedas del monasterio abriendo los polvos de los incunables que no habían vuelto a ser leídos en setecientos años.
Al derrumbarse el imperio neónida Warpola se volvió reservado, barbudo, paranoico, se dejó crecer las uñas y se le oyó andar en la noche por los pasillos de la casa, hablando en soliloquio y caminando a lavarse los dientes hasta tres ocasiones seguidas. Quiso montar un observatorio astronómico, pero ya no había dinero: el Rexh había muerto y todos sus bienes –menos la casa que había quedado a nombre de los neónidas –habían pasado a manos de su padre que nos odiaba y que hizo todo lo posible por desterrarnos de nuevo. El recuerdo de Elio Tomasso le atormentaba por las noches, decía que lo escuchaba llamarle desde el sepulcro e incluso llegó a bajar al jardín para exhumar el cuerpo con las uñas, cargó varios días con el pestilente cadáver del animalito agusanado que insistía en continuar sentando en su antigua periquera para servirle lo poco que nos quedaba de comer.
La única salida fue Michellet Oblanek quien se llenó los bolsillos publicando los manuscritos de Warpola y lo llevó a dar conferencias en todos los Radissons de Ciudad Hermes, a cuyos escenarios entraba en bata como un santo del rock ante las peticiones de autógrafos de las multitudes de infectos por la hipercosmia. Al final ya ni siquiera el mismo Oblanek pudo con él y lo delegó al cuidado de los monjes de Kaschckar, pues algo de humanismo cupo en el editor para no consignarlo al Políclino Oriente. Warpola recibió al fin el bautizo en el ritual de la ortodoxia komandroviana, convencido de veras de la existencia del Santo Ángel que juraba ver en todos los rincones, profetizando el final de los tiempos sin cabeza y con la paloma del Espíritu Santo flotándole sobre el espectro fosforescente.
Hace no más de una semana visité Ciudad Hermes y el clima nublado y frío, la gente hosca, las calles repletas de recuerdos ingratos, me hicieron tener una pésima estancia. Odié a la ciudad con las entrañas y me subí al mirador de un edificio para maldecirla por los siglos venideros, pensé que aquél lugar era miserable y que todos los nacidos ahí habíamos caído en la peor de las desgracias. Como en todas mis visitas acudí al monasterio de Kaschckar para visitar a Warpola pues además era su cumpleaños. Le llevé de regalo un Atlas de las estrellas y una copia de Nova Express autografiada por el mismo Burroughs que había encontrado entre mis pertenencias antiguas; pero Warpola las puso sobre la mesita de su celda sin mirarlos si quiera y se sentó en la cama a contemplarme con sus lentes de pasta negra y acariciando sus bigotes de lemur, sin pronunciar palabra, con unos ojos amarillos como lunas y el cerebro infestado de diálogos con los planetas.




Placa D: Saul Galo, Antoniux dae Kgargaria, 299 x 299 (1968)


Es la postal que le fue mostrada a Gherato para convencerlo acerca de la veracidad de la rúbrica del Santo Padre. El escuadrón Neónida utilizó esa biblia para innumerables actos heréticos...
Hace unos días tuve la oportunidad de hacer un viaje en compañía del chico Ghërato Dae Adeonimba, el mozo más delicado de la casa Neónida. El destinto: una bahía tornasolada del litoral pacífico, la cual nos recibió con todas las bondades que una zona costera puede ofrecer; pescado fresco, cielos límpidos y psicotrópicos herbales al alcance de la mano. Durante los cuatro días que duró nuestra escapada tropical, fuí testigo de los extravagantes hábitos de higiéne del jóven Ghërato, quien a pesar de su afán en ser todo un petimetre de provincias, no logró más que hacernos espectadores (a mí y a Fabio Quinto Seaux -hombre de ciencia encargado de los asuntos de robótica y telecomunicación en la casa Neónida) de su decadente negligencia. Mi amanerado compañero llevaba -como único equipaje-una toalla y siete cajetillas de cigarros norteamericanos. Dos noches, durmió con el traje de baño húmedo y empanizado de arena, utilizó como sábana su toalla descolorida, la tercera noche, la pasó a la intemperie en compañía de un perro lastimoso que se había acercado a nuestra casa de campaña en busca de un poco de comida. Evidentemente no se lavó los dientes, se limitó a utilizar una espina de pescado frito como mondadientes. Por si fuera poco, mi repugnante contemporáneo tiene la estrambótica costumbre de fumar en espacios cerrados. Nuestra casa de campaña estuvo siempre nublada por sus humaredas, detalle que al menos alejó a los mosquitos y otras alimañas ponzoñosas. No puedo negar que a pesar de su descuido, el chico Ghërato mantiene cierta dignidad, cierta magnanimidad brahamánica rezuma de su lasitud, por momentos podría ser considerado como un ermitaño sapiencial, aunque bastarían un par de palabras para develar su esencia de fauno montaraz y juguetón. Ayer, de vuelta en la casa Neónida, se oyeron unos alaridos provenientes de la lavandería. Ghërato acostumbra quedarse dormido a un lado del boiler, ya que -según él- el calor que de el proviene, lo transporta al regazo materno. Encontramos a nuestro excéntrico camarada hurgándose la entrepierna; se quejaba de haber visto salir una suerte de molusco verdinegro de su entrepierna. Antoniuz Kgargaria, pulcro narrador y cuentacuentos, lo tomó del brazo con violencia y lo arrastró hasta el centro del jardín. Warpola fue por la manguera y encendió la llave del agua. Yo desnudé a Ghërato y me encargué de incendiar sus ropas, entre todos le dimos un baño ejemplar a la medianoche. Lo rapamos y eliminamos las diversas formaciones de líquenes a lo largo de su cuerpo, lo empolvamos y lo dormimos con Elio Tomasso. Hoy por la mañana tomé el desayuno con ese chico, lo noté temeroso y poco desenvuelto, después de pasar una media hora intentando resolver el acertijo que venía al reverso de una caja de cereal, me pidió que lo acompañara a la tienda a comprar cigarros. En el camino un policía nos detuvo a causa de la desnudez de Ghërato, el chico había salido solamente con unos calzoncillos de batman. El muchacho ha estado triste, probablemente regresemos en un par de días a la playa.


