martes, enero 06, 2009

Refracción y los parques

Aquella mañana del 26 de noviembre, nublada y ambigua, los árboles del parque Miranda Cisneros dejaron de moverse. El administrador de los prados, encargado irrefutable de la verdosidad en los jardines y los laberintos, era un antiguo abogado marxista de nombre Klauss Rodríguez de la Cerda. La ponderación de las aguas para el constante riego de las plantas importadas, era una de las tareas más importantes de Klauss. Hasta aquel día (un domingo) en donde las familias citadinas se juntan en pequeñas manadas consumistas. Atiborradas de glucosa plástica y ropa color pastel; se decía Klauss Rodríguez cada vez que recorría el parque con sus botas negras hasta las rodillas y overol azul marino de marca desconocida. El agua dejaría de circular por los campos arrogantes y pomposos del ya demasiado visto parque Miranda Cisneros por culpa de un descubrimiento asombroso del ex abogado. El parque fundado en 1878 por el Marqués de la ola rococó Céline Pompardieu VI, se dividía en pequeños laberintos de arbusto chino, cada laberinto daba a una pequeña ciénaga habitada por ranas, tortugas, patos, cisnes, flamingos, peces tigre y algunas veces algún híbrido de la nueva fauna que ya caracterizaba la diversidad del parque. Estos híbridos normalmente se conformaban de tortugas trompa de elefante, cisnes aulladores, peces ciclón, rana cebra con caparazón, y algunas otras especies desconocidas. Era normal que después de tantos años Klauss se sintiera familiarizado, inclusive le brotaba algunas veces un sentimentalismo paterno por aquellas criaturas. Su despoblada actitud lo enfrentaba con el único hecho viviente que tenía cerca.

Veintisiete laberintos, dieciséis ciénagas, ocho lagos y cincuenta jardines dividían el parque. A la una de la tarde el sol entraba por la puerta de geranios, a las seis entraba por la ventana del tulipán en honor al General Des Entrayes, a las ocho y media se desvanecía lentamente por los pasillos curveados del laberinto Hindú decorado con rosa celeste y nenúfar macho: aquí es donde Klauss hizo su descubrimiento, en donde las aguas se detuvieron junto con las miradas tibias de los cisnes aulladores. El viento se congeló como una metralla de acrílico hasta paralizar las millones de hojas de los abedules y los robles de Nueva Zelanda. El parque quedó en absoluto silencio aquel 26 de noviembre. Al parecer, Klauss Rodríguez ex abogado, encontró lo que algunos sabios contemporáneos han llamado de múltiples modos y formas semánticas: Raj-Marahana, Zahír, Veritas Compás, Miracle Pangea, Boletus Primario, Resonancia Cosmológica, Crystal Whelk, y éstas son sólo algunas derivaciones metafísicas y literarias de lo que obstaculizó el transcurso del tiempo esa mañana. Pero Klauss no era metafísico o poeta, era marxista y jardinero profesional, abogado de los sindicatos en su tiempo, luchador constante de la nueva interrogante social, hombre sedentario con varias arrugas nuevas alrededor de sus ojos grises, pensativo agricultor del pasado, enamorado por única vez en un viaje al suroeste en donde las montañas se juntaban como cientos de rasgaduras a la tierra, aquel viaje inmortal para sus álbumes. Klauss era sin duda un hombre duro, de manos rugosas y siempre manchadas de tierra húmeda, era de un semblante turbio que muchas veces asustaba a los niños con sólo mirarlos fijamente sosteniendo las grandes tijeras para los necios arbustos. Sin embargo logró encontrar dentro de su capacidad esquiva hacia lo sobrenatural, la siniestra respuesta de su futuro y su pasado, de sus pesadillas. El laberinto Hindú guardaba tres nidos de libélulas, su diseño en un principio se pretendía cuneiforme, pero dada la imposibilidad de altura, terminó siendo un juego de dos espirales que se conectaban al centro por una vieja y altísima jacaranda de tupido follaje. Justo entre ambos espirales, en el segundo nido de libélulas, a lo alto de la sexta rama erecta de la oscura jacaranda, se encontraba “aquello” flotando al ritmo de una danza de anémonas, deteniendo el oxigeno y atentando contra toda realidad objetiva. Klauss inalienable, no dudó en acercarse, en olisquear y penetrar hacia aquel reflejo, o lo que parecía ser un reflejo inexplicable. No era un Aleph, tampoco una Mandrágora, no era un Portal o un Gusano Cósmico, era la materia de un sueño sin nombre, la materia amorfa que algunas veces viajaba en su cabeza, que al contrario de todos los anteriores, no mostraba el todo universal, no volaba en el tiempo ni mucho menos te mostraba una cuarta dimensión. Una refracción transparente, ectoplásmica y moldeable como el mercurio que le mostró a Klauss muerte, el todo de morir, la muerte de los sueños, el milisegundo de la totalidad. Así fue como vio desvanecer a los sindicatos, el comunismo, a los dictadores, las penínsulas, Roma, murieron los Imperios, las princesas, los guerreros y las plazas, vio morir Constantinopla, Tenochtitlán, Ukbar, murió el Zahir, el desierto, se fue Pakal en una barca hacia el firmamento, inventó unas telas púrpuras balanceándose de una terraza en La Habana, cayó la sangre por las columnas del Jentra-Kinzaji, murieron las abejas y las arañas de una pirámide en el inframundo, un gran cohete se volvió polvo ardiente en la estratosfera, un niño voló de un columpio oxidado, se rindió un tigre albino cerca de Bangladesh, un gran bloque de hielo rompió con el mar para levantar olas por Japón, murió el aire paralizando los bosques hasta incendiarlos, murió un libro de ficciones al centro de un laberinto, cientos de ballenas blancas se suicidaron en La Antártica, y como en un espejismo, Klauss se miró tumbado entre crujientes hojas de otoño y animales inexistentes, se sintió tibio mirando desde el suelo al cielo que levantaba formas de esponja en bengala. Se convirtió en oscuridad perceptible, sintió como moría su amor por todo el universo mientras se dejaba llevar lentamente por aquella luminiscencia; por el polvo que lo representaba a él mismo, en donde de pronto fue de la misma materia de la que están hechos los sueños y las ideas.

En el parque Miranda Cisneros regresó el viento aquella mañana de noviembre, era un viento demasiado frío, casi insoportable. Los árboles susurraron al ritmo del sol que poco a poco se levantaba en alguno de los jardines. Los animales nadaron, corrieron, volaron, y sin embargo ninguno de ellos hizo algún ruido en todo el día. El agua volvió a correr lentamente.


[Texto escrito en Madrid. Se cierra el ciclo]

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Alguien me dice que clase de aves anidan en esa jacaranda?

Anónimo dijo...

Alguien me dice que clase de aves anidan en esa jacaranda?

Anónimo dijo...

Un texto ectoplásmico, no es ni un aleph ni una mandrágora, es el mismo construyéndose un laberinto de aquellas cosas que no soñamos pero que nos gustaría soñar. Y es al mismo tiempo un terror histórico, literatura que hila el mundo en frases maravillosas.

teresa dijo...

Ahh!, Hermoso el ciclo botanico. Pero escriban, mas pistas para salir del laberinto.

Anónimo dijo...

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