martes, julio 15, 2008

Warpola: Biografía no autorizada.

Warpola en su primer cumpleaños fuera de Ciudad Hermes. 1970

Fui yo quien descubrió que se apellidaba Warpola, y no Michellet Oblanek, como cuentan los diarios. Lo más que hizo el infausto editor komandroviano fue lanzarlo a la fama; pero esa ya es otra historia… Primero fue Warpola, después Warpólido, y eventualmente Pólido cuando se hizo a la noche de la escena komandroviana. Al último fue simplemente W, cuando ya se había vuelto tan ilustre, o tan inalcanzablemente mitológico para los de mi generación, que acabó por convertirse a la ortodoxia komandroviana y, abrumado por la muerte y los misterios del cosmos, se recluyó para siempre en las bóvedas del monasterio de Kaschckar. Huérfano galáctico, viajero errante, asesino prófugo, erudito de las estrellas; Warpola será siempre el más alto de todos los lemúridas. El más sabio de todos: la primera vez que lo vi, desconfié de su suficiencia.

Fue en Querétaro, hace ya muchos años, en un Querétaro más pequeño y más triste que el de ahora y que ya no existe. Ambos formamos parte de la misma generación en la Escuela de Escritores, que tampoco existe más, cuando entonces la dirigía Héctor Cabrera, un hippie quien nos instruyó todo lo que debíamos de ser instruidos al respecto de Bukowski, Kerouac y William Burroughs. Entonces Warpola se sentaba enfrente de mí –yo sospechaba que era para provocarme –y se quedaba ahí aparentando no tener ganas de aprender, desparramándose por el mesabanco con sus lentes de pasta negra y acariciando sus bigotes de lemur, sin pronunciar palabra, con unos ojos amarillos como lunas y el cerebro infestado de diálogos con los planetas. “Este tipo es un excéntrico”, pensé, “ha de creer que conoce El Misterio y sólo ha venido para escupírnoslo a la cara”, y esperé casi un mes a que dijera algo, a que levantara la mano y nos proporcionara su opinión en torno a tal o cual asunto de narratología y entonces sorprenderlo en medio de su patraña; pero nada de eso ocurrió: Warpola no pronunció palabra ni se dejó descubrir y yo me irrité bastante.

Las cosas, sin embargo, eran menos catastróficas: en realidad el muchacho era sólo un hermescitadino extraviado que no sabía quien era su madre, que había recorrido Europa tres veces y que tenía ya dos carreras que no ejercía pues argumentaba que no eran compatibles con las ambiciones de su espíritu. Me enteré de esto en la fiesta de bienvenida de la escuela, al acercarme a platicar con él para estudiarlo de cerca. Entonces me presenté: “Yo soy Kgargaria”. Él me preguntó sorprendido: “¿Kgargaria?”.
“Sí, Kgargaria”, contesté.
“¡¿Kgargaria?!”
“Kgargaria”
“¡Kgargaria!”
“Kgargaria”
“Cielo santo, en mi país hay un lugar que se llama Kgargaria… no serás de Ciudad Hermes…”.
Y fue de este modo como me enteré de que Warpola era en realidad un compatriota y me hallaba en la obligación de apoyarle a sangre y fuego, como había hecho ya con otros hermescitadinos perseguidos por la Policía Imperial, la peste o la contaminación; pero sobre todo por un compromiso muy hondo que mis padres, a quienes se les iba la vida en dar asilo a los expatriados hermescitadinos, habían cavado en mi desde la infancia.

Aquella noche Warpola me habló de otras cosas: de países desaparecidos, de libros que no había leído, de grupos que no había escuchado y de posiciones sexuales cuya existencia ni siquiera imaginaba; pero fue especialmente conmovedor cuando, ya bastante sensibilizado por el alcohol, se echó sobre mi hombro para lamentarse sobre la Ciudad Hermes de la que venía y que no recordaba, y a la que no había podido ingresar cuando estuvo en África pues nunca pudo probar su linaje y jamás tuvo la paciencia de pedir un visado de turista en las duras embajadas santovictorianas. Después nos hicimos a la noche de Querétaro en una parranda histórica de la que acabé dando loables muestras de la antigua tradición kgargariana de coleccionar recuerdos de la calle por la que andaba, y subí al portaequipajes un tabique de cantera de aquellos que sustentaban al emblemático Acueducto colonial.


Warpola en los tiempos locos de la Casa Neónida. 1987

Así fue durante mucho tiempo: cada jueves después de la sesión del taller de narrativa nos montábamos en su viejo Topaz 89 de nombre Miguel Ángel –que años más tarde y con los ojos bañados de pasmo le vimos aparecer en CNN llevando a los próceres de la Revolución de Mongolia –y nos íbamos a poner borrachos con Don Amado y a conversar en komandroviano sobre los asuntos propios de nuestra patria. Eran los tiempos en que la cerveza costaba diez pesos, Don Amado aún vivía, y puedo decir con cierto orgullo que nuestra generación fue la última que le vio caminar renqueando con las gafas verdes puestas al revés, y también la última que probó sus chicharrones de harina y sus micheladas insípidas. Warpola me enseñó todo lo que ahora se al respecto de muchos temas: el cine de Baltazar Vlimm y el IDM, la filosofía pitagórica y el teorema de las esferas, la vida cotidiana en el Japón del Siglo XII y la historia de Persia. Fundamos el Club Bukowski, antecesor del neonadesmo, una membresía cerrada con sólo dos integrantes y mientras yo le contaba los rumores de la política en Ciudad Hermes él me confiaba las lecturas privadas que mantenía al respecto de los beatnicks: “Te digo Kgargaria”, contaba entusiasmado, “para Burroughs la ultimación de las cosas está en el ano… ¡sí, en el ano!” terminaba juntando todos los dedos de la mano y poniéndomelos enfrente de la cara.

Lo presenté con otros hermescitadinos radicados en la ciudad: Saul Galo, quien por entonces andaba en México, el afeminado vaquero Gherato dae Andeonimnvba, el poeta de linaje real destronado por el levantamiento del 78 Balthazar van Aplonien, el místico cuentista Osvaldus Klamm, el escritor Carlos Limón quien después se volvió psicomago, el diseñador gay Adrianus Divolaria, y Mikisi Dündí, una chaparrita de Tekomoros con quien tuvo un romance que eventualmente acabó en un crimen pasional nunca esclarecido y muy popular en los encabezados de la época. Pero fue gracias a Giusseppe Rexh dae Komandrovia, hijo del empresario hermescitadino del mismo nombre, que Warpola se puso en contacto con sus raíces olvidadas.

El heredero komandroviano, muy celoso de su fe patria, organizaba tremendos bacanales al estilo del Angelado precedidos por bautizos de rueda a los que casi todos los asistentes, incluyéndome a mí, accedíamos más por pura diversión que porque verdaderamente creyéramos en la transmutación del Arcángel San Miguel en la figura de Snkt Öj. Pero Warpola nunca se puso a disposición de tales rituales, escéptico como era participaba de la ceremonia como cualquier otro: levantando la silla del iniciado, llevando los óleos, palmeando alrededor o simplemente contemplando desde lejos, con sus lentes de pasta negra y acariciando sus bigotes de lemur, sin pronunciar palabra, con unos ojos amarillos como lunas y el cerebro infestado de diálogos con los planetas.

Como en todas las grandes leyendas, sin embargo, desde aquellos momentos de bienaventuranza y reencuentro, se cocinaba ya el germen de la desgracia warpoliana: en la mansión del Rexh hijo residía un monje kaschkariano, un Magíster de Clerecía que llevaba los oficios de la casa y bendecía la mesa. Al momento de nuestras fiestas interminables Warpola conversaba con el sacerdote y se pasaba las horas largas y afiladas de nuestros debrayes disertando acerca de asuntos que ningunos de nosotros entendíamos, y a los que jamás conseguimos acercarnos mínimamente. Se trataba de la hipercosmia y otras brechas del Cuarto Camino, que por entonces hacía demasiada mella entre los eruditos de Kaschckar y a más de uno terminó engullendo entre las tesis fosforescentes de sus postulados galácticos. Recuerdo que Warpola bromeaba mucho acerca de la locura que acabaría por consumir al Rexh en los pasillos de la Universidad de Kiev, sin intuir si quiera que sería él mismo quien acabaría con el cabello infestado de piojos astrales que le habrían de hacer desgañitarse en soliloquio por el resto de sus días.

Fue por aquellas fechas que descubrí que se apellidaba Warpola. Lo supe por coincidencia, cuando hojeé sobre el escritorio de mi padre unos documentos dejados ahí al descuido que pertenecían a exiliados hermescitadinos en México de cuyo paradero no se sabía nada. La fecha del acta de nacimiento concordaba con la de mi amigo, y lo que era más: la huella de su piecesito dejado ahí con la tinta de 1968 correspondió más tarde a su monograma dactilar. Horatius Warpola era de Kaschckar, sus padres, activistas de la guerrilla urbana, le habían enviado a éste país al cuidado de una buena familia italiana y habían hecho lo posible por esconder su identidad de los incansables olfateos de la Policía Imperial. A pesar de que sus progenitores perecieron en las barricadas de mayo del 70, según nos enteramos en posteriores investigaciones, Warpola recibió la confirmación de sus orígenes con gusto y lloró de alegría. Pero eran tiempos aciagos pues para entonces el kaschkariano se hallaba envuelto en aquél crimen pasional que le hizo huir al exilio en Madrid.

Los hermescitadinos en México, por nuestra cuenta, nos encontrábamos listos para volver a casa y unificar nuestras fuerzas para lograr un proyecto conjunto del que generamos unas expectativas enromes: La Casa Neónida. Diré algunas cosas que no se han dicho; pero me saltaré toda la relación al respecto de éste tema pues mucho se ha escrito ya, no sólo en este blog sino en una inabarcable bibliografía de crítica en torno a la gran aventura neónida; pero sobre todo a su naufragio.

El nombre de neónida le vino de Warpola cuando vio Ciudad Hermes por primera vez. Entonces quedó tan fascinado con la cantidad de neón en las azoteas que no recuerdo que en algún momento nos haya volteado a ver verdaderamente a nosotros. Había llegado en el ferry desde Lisboa y fuimos a recogerlo a Tekomoros, traía ronroneándole en el hombro a un lémur cata puro de Kapos Virginiana que había comprado a un inmigrante senegalés cuando el barco hizo su primera escala en Atlántica. El animalito era Elio Tomasso, que disfrutó tanto como su amo del espectáculo del neón y se quedó con las pupilas dilatadas hasta varios días después. Fue en aquella semana que recibimos la visita de William Burroughs para que nos asesorara sobre la empresa que traíamos entre manos, y al mirar al lémur electrizado, saltando por los candiles de la casa, se quedó intrigado y preguntó a su dueño qué era lo que le pasaba, Warpola dijo entonces: “Nada maestro, es un neónida, le ha mordido en los ojos el aguijonazo del neón”. Burroughs se quedó un rato pensativo apoyado sobre la empuñadura de su bastón, después continuó bebiéndose su té y habló poco el resto de la mañana. Años más tarde no tuvimos las palabras suficientes para reconocer la gracia que nos hizo al mencionar a los neónidas en su famosa conferencia de la Universidad de Austin.

Warpola (derecha) con su rector espiritual en Kaschckar. 2001

Lo demás es historia en boca de todos: el devenir de la casa, la publicación de la revista neónida, la residencia de los artistas invitados, las memorables fiestas de apertura, las notas en los periódicos, los escándalos, la invitación del gobierno de Venezuela, la fiesta de Halloween del embajador de Aruba, la visita de los muppets, las ampliaciones de la finca, las excentricidades, el despilfarro en antigüedades renacentistas, las peripecias para sostener el proyecto, el apoyo invaluable de Saul Galo en los tiempos más vergonzosos de la miseria, la repentina muerte de Giusseppe Rexh, la de Elio Tomasso; pero sobre todo la infortunada aparición de Michellet Oblanek quien nos publicó a todos y nos dio de comer; pero que hizo vender la Casa Neónida y nos arrebató a Warpola para siempre.

Ya desde Madrid nuestro amigo andaba mascullando las peligrosas teorías de la hipercosmia: las manos manchadas de la sangre de su crimen pasional lo sumieron en cavilaciones profundísimas, la confirmación de su identidad y la certeza de que había nacido a unas cuantas cuadras del monasterio de Kaschckar lo hicieron atar unos cabos que nunca existieron. Cuando llegó a Hermes hablaba de planetas alineados, de números mágicos, de libros perdidos; y cuando visitó Kaschckar habló muy en serio de quedarse entre las bóvedas del monasterio abriendo los polvos de los incunables que no habían vuelto a ser leídos en setecientos años.

Al derrumbarse el imperio neónida Warpola se volvió reservado, barbudo, paranoico, se dejó crecer las uñas y se le oyó andar en la noche por los pasillos de la casa, hablando en soliloquio y caminando a lavarse los dientes hasta tres ocasiones seguidas. Quiso montar un observatorio astronómico, pero ya no había dinero: el Rexh había muerto y todos sus bienes –menos la casa que había quedado a nombre de los neónidas –habían pasado a manos de su padre que nos odiaba y que hizo todo lo posible por desterrarnos de nuevo. El recuerdo de Elio Tomasso le atormentaba por las noches, decía que lo escuchaba llamarle desde el sepulcro e incluso llegó a bajar al jardín para exhumar el cuerpo con las uñas, cargó varios días con el pestilente cadáver del animalito agusanado que insistía en continuar sentando en su antigua periquera para servirle lo poco que nos quedaba de comer.

La única salida fue Michellet Oblanek quien se llenó los bolsillos publicando los manuscritos de Warpola y lo llevó a dar conferencias en todos los Radissons de Ciudad Hermes, a cuyos escenarios entraba en bata como un santo del rock ante las peticiones de autógrafos de las multitudes de infectos por la hipercosmia. Al final ya ni siquiera el mismo Oblanek pudo con él y lo delegó al cuidado de los monjes de Kaschckar, pues algo de humanismo cupo en el editor para no consignarlo al Políclino Oriente. Warpola recibió al fin el bautizo en el ritual de la ortodoxia komandroviana, convencido de veras de la existencia del Santo Ángel que juraba ver en todos los rincones, profetizando el final de los tiempos sin cabeza y con la paloma del Espíritu Santo flotándole sobre el espectro fosforescente.

Hace no más de una semana visité Ciudad Hermes y el clima nublado y frío, la gente hosca, las calles repletas de recuerdos ingratos, me hicieron tener una pésima estancia. Odié a la ciudad con las entrañas y me subí al mirador de un edificio para maldecirla por los siglos venideros, pensé que aquél lugar era miserable y que todos los nacidos ahí habíamos caído en la peor de las desgracias. Como en todas mis visitas acudí al monasterio de Kaschckar para visitar a Warpola pues además era su cumpleaños. Le llevé de regalo un Atlas de las estrellas y una copia de Nova Express autografiada por el mismo Burroughs que había encontrado entre mis pertenencias antiguas; pero Warpola las puso sobre la mesita de su celda sin mirarlos si quiera y se sentó en la cama a contemplarme con sus lentes de pasta negra y acariciando sus bigotes de lemur, sin pronunciar palabra, con unos ojos amarillos como lunas y el cerebro infestado de diálogos con los planetas.




6 comentarios:

GDA dijo...

La última vez que vi a Warpola, yo tenía planeado llevarlo de pesca, pasar una tarde en algun escondite marino en Andeonimba, quería distraerlo de sus pensamientos, una vez en la autopista, insistió en ir a los pantanos, una vez ahí, tomó las redes y con un anzuelo entre los dientes, me propuso salir a la caza de peces ciegos, yo nervioso - la niebla era imposible - le dije que lo esperaría en la minivan haciendo la cena, tomó una botella de Ron un paquete de crackets y se perdió en las tinieblas. No quise avisar a las autoridades. A veces me siento culpable.

Anónimo dijo...

La última vez que vi a Warpola, yo tenía planeado llevarlo de pesca, pasar una tarde en algun escondite marino en Andeonimba, quería distraerlo de sus pensamientos, una vez en la autopista, insistió en ir a los pantanos, una vez ahí, tomó las redes y con un anzuelo entre los dientes, me propuso salir a la caza de peces ciegos, yo nervioso - la niebla era imposible - le dije que lo esperaría en la minivan haciendo la cena, tomó una botella de Ron un paquete de crackets y se perdió en las tinieblas. No quise avisar a las autoridades. A veces me siento culpable.

Anónimo dijo...

La última vez que vi a Warpola, yo tenía planeado llevarlo de pesca, pasar una tarde en algun escondite marino en Andeonimba, quería distraerlo de sus pensamientos, una vez en la autopista, insistió en ir a los pantanos, una vez ahí, tomó las redes y con un anzuelo entre los dientes, me propuso salir a la caza de peces ciegos, yo nervioso - la niebla era imposible - le dije que lo esperaría en la minivan haciendo la cena, tomó una botella de Ron un paquete de crackets y se perdió en las tinieblas. No quise avisar a las autoridades. A veces me siento culpable.

Anónimo dijo...

La última vez que vi a Warpola, yo tenía planeado llevarlo de pesca, pasar una tarde en algun escondite marino en Andeonimba donde aprovecharía el paisajismo para dar continuidad a mis oficios de acuarelista. Pase por el al monasterio, firme algunos papeles y lo dejaron en libertad. Quería distraerlo de sus pensamientos, una vez en la autopista, insistió en ir a los pantanos, una vez ahí, tomó las redes y con un anzuelo entre los dientes, me propuso salir a la caza de peces ciegos, yo nervioso - la niebla era imposible - le dije que lo esperaría en la minivan preparando la paleta de colores que ocuparía en un pareje siniestro, Warpola tomó una botella de Ron y un un cartucho de sardinas en lata y se perdió en las tinieblas. Pasaron tres días. No quise avisar a las autoridades. A veces me siento culpable.

Skualo dijo...

exacto, al menos Radiohead es una de esas bandas que dejan tantas historias que contar.

Ya las contaremos o las recordaremos más adelante, cuando estén en la sección de Música clásica jaja.

Neonida está con Madre, ya había leído por acá antes. Edmundo me lo recomendó y pues vale un chingo la pena leer por estos rumbos!

Saludos

Eloy Caloca Lafont dijo...

No conozco a Warpola personalmente, pero me intriga su figura, como la de cualquier nativo de Ciudad Hermes, la cual, según sé, vive en los estragos de problemas políticos: el fascio, las perversiones sexuales, las camisetas de Al Gore... pobre Hermes. Espero tener el gusto de poder establecer contacto con Warpola, donde quiera que se encuentre.